domingo 28 de septiembre de 2008

Arrivederci



Hoy me despido. El objetivo de este blog lo cumplí sobradamente. Ella sabe.

Y yo, ahora, sé más. En parte lo que contaba en el último post. Sé que puedo darle rienda sueltas a las palabras. Este espacio me ayudó a darme esa confianza.



Pero también mi confianza está aumentando por otro juego en el que entré y en el que voy a involucrar a las letras. Es un desafío mayor, que estará reflejado en otro blog, con otra identidad, ya que no soy el mismo.


Anoche empecé y estoy muy entusiasmado. Tan entusiasmado como para despedirme de Vida Quimera.


Quizás algún día vuelva, no lo sé. Por ahí alguien que lo conoció lo reencuentre. No es tan difícil.


Anoche alguien me preguntó quién era. Y yo le dije que no existía, que era producto de su imaginación. Lo hice para romper las bolas, pero una parte de mí creía que eso era realmente cierto.


Entonces, salute, y hasta que la imaginación nos reencuentre.

viernes 26 de septiembre de 2008

Literatura



Esta canción explica genialmente lo que para mí es el universo de un escritor. La pesqué porque me gusta su ritmo reggae no tan puro, como el que hacen Los Pericos.

La adopté porque la quería sacar para tocar en la batería, pero cuando le presté atención a la letra, me di cuenta que la seducción en la que caí era patrimonio de lo que me decía este tema.

Y es que describe lo que es el universo del escriba, como decía. La potencialidad de la ficción (las mentiras del planeta del tema). El resguardo que se puede encontrar detrás de las teclas (todo puedo ser, todo quiero ser, un mundo paralelo del que uno es rey y esclavo).

Y ahora que, en gran medida gracias a este blog, estoy liberando mi instinto de contador, de narrador de historias, me llegó desde un punto muy profundo escuchar los compases de esta pieza.

Sobre todo porque estoy empezando a embarcarme en una aventura que va a dejar a un costado la ficción pero va a mantener el escritor que siento espera agazapado en mis entrañas.

Que las letras me protejan.

viernes 19 de septiembre de 2008

SMS

No lo pude ver. Porque estaba escapándome de vos, que desde las letras de bloguette me advertís. Y desde las palabras en la cama, cuando todo parece indicar romance pero vos te empeñás en crear un abismo. Y yo me prendo, no lo niego.


Para fugarme soy mandado a hacer. Por eso no vi tu sms. Vos sabés que la madrugada nunca me noquea. Por lo menos no en los primeros asaltos. Y por eso me escribiste, porque sabés que estaba arriba.

Quizás te sentías sola. Por ahí estabas aburrida. Por ahí me querías contar algo. Lo cierto es que ya no estabas enojada ni tampoco orgullosa, como me anunciaste como buena bloguette.



Tu furia por mi falta de comentarios nunca la entendí. ¿Qué más podés pretender que un blog creado para vos? ¿Qué más pretendés que inventar a un escritor?

Toda esta sucesión de posteadas son mis comentarios en tu blog, bloguette.

No tengo la culpa de que alguien más caiga por acá. Vos lo dijiste, para algunos puede estar bueno lo que escribo. No pierdo el sueño por eso.

Lo que ahora me desvela es pensar que quizás, por un instante, sentiste que me necesitabas.

¿Nos podremos bancar eso?

jueves 18 de septiembre de 2008

Honestidad

Te fui honesto: te dije que no tenía más corazón porque estaba destrozado. Que ya no era como antes. Te fui de frente. No me hice el romántico. No me hice el interesado. No me hice el soñador, ni el aventurero, ni el comprometido, ni nada.

Me llamaste con cualquier excusa pelotuda. Dijeras lo que dijeras sonaba descolocado tras dos años sin vernos. Más aún si jamás te había dado mi número de teléfono, aunque siempre me aseguré de que tus conocidos lo tuvieran. Es que sabía que me ibas a buscar. Bueno, la verdad no sé si lo sabía. Pero tenía una pizca de intuición con baldazos de esperanza en que lo hicieras.

Y había hablado este diálogo que ahora tenía con vos muchas veces ante mi amigo, el espejo. No el espejo que llevo siempre encima, ese que camina conmigo por todo el mundo juzgándome culpable de todo, me refería al otro, el que está en el baño.

Lo cierto es que me llamaste. Y, como siempre en mi vida, cuando las cosas pasan no son como las había imaginado. Porque sos una orgullosa. Porque querías disimular lo que para vos era un arrastre. Y no te culpo, quizás yo, si fuera tan imbécil como vos, haría lo mismo. No elegí tener ese tipo de estupidez, por eso no te castigo. Porque nunca entendiste nada.



-¿Qué pasa, Beatriz? ¿Querés que te la ponga?

-¿Qué? ¡Nene, vos estás loco! ¿Qué mierda tenés en la cabeza?

-Bueno, como estás hablando boludeces… Nada, digo, qué sé yo. Como hablás cualquier gansada como si nos viéramos todos los días, por ahí es que no te animás a decir que me querés ver. ¿Si no para qué me llamaste?

-Quiero saber cómo andás… la verdad es que me arrepiento de haberlo hecho.

-Bueno, si te arrepentís es porque tenés expectativas de algo. Me siento muy honrado. Pensé que no pretendías nada de mí. Más teniendo en cuenta como fueron siempre las cosas entre nosotros.

-Bueno, ya empezaste. Mejor corto.

-Como quieras.

Click.

El fin de semana ya estábamos en un hotel de Flores. No confiaba en vos y por eso no te invité a mi casa. Cuánto había soñado con tu cuerpo, con tu respiración entre los cruces de la piel, con tu rostro a la hora del amor, con tus frases o el silencio, con saber cómo eras cuando te entregaras a mi voluntad.

Porque no te había podido tener. Así dicho, sin un gramo de vergüenza y mil kilos de egoísmo. Tenerte era lo que quería.

Y ahora que el sueño era una realidad, solamente estaba tachando una columna en la planilla contable de mis cuentas pendientes con la vida.

Pero estaba todo bien. No me espanta darme cuenta de eso. Porque vos, junto a tantas, me hiciste un jodido. Porque cuando te presenté mi sentimiento, cuando indagué en mi alma para ver si tenía un puto tesoro para darte, vos me descartaste. Me hiciste mierda. Aunque con el tiempo me di cuenta que hiciste mierda una parte de mí. La que buscaba que me quieras antes de que me chupes la pija. La que me saqué encima, en parte gracias a vos. Te lo reconozco. Gracias por sacarme esa porción de mí. La que, quizás, ahora que te reventaron bien reventada, como me contaste entre polvos, viniste a buscar.

Pero ya no está. Y te lo demostré de entrada. Es más, te lo dije con todas las letras. Te fui honesto. Con la misma honestidad que me desplantaste hace dos años. Aprendí de vos.

En el medio, una vez, una flaca me dijo: “Vos debés ser un rompecorazones”. No le creí un carajo, pero me hubiera encantado que su frase fuera cierta. Y no por hijo de puta. Simplemente por el tierno deseo de estar alguna vez del otro lado del mostrador.



Porque por vos quise ser un juglar y terminé siendo un bufón. Por andar sin armadura, con la prepotencia de la sensación por ese camino al que vos llegaste como en un desvío y que pronto convertiste en callejón sin salida.

Pero sabía que me ibas a buscar cuando tu caballo, exhausto, te pidiera un lugar donde abrevar. Y caíste en mi pantano. Salud.

Por eso, cada vez que entrabas a mi casa y me decías “¿A qué hora me vas a echar?” me sentía bien. Sí, un bienestar profundamente mediocre, pero nunca aprendí a conocer otro. ¿Con qué ejemplos? Si en el camino de la deriva solo hay náufragos. Solamente sobrevivientes. ¿Qué carajo tiene de magnífico sobrevivir? ¿Qué carajo tendría de tener de magnífico yo?

Por eso te fui honesto. Te dije todo esto. Que la época de magnificencia ya no estaba más. Cayó, como todos los imperios. Como muere todo en la vida. Ojalá sirva de abono para algo en la tumba donde está, en ese cementerio donde los cardiólogos no tienen puta idea sobre qué hacer.

Y te enganchaste. No te hagas la boluda porque te encantó. Jamás vas a admitirlo. Porque desde afuera me veías mejor. Preferías el fuego que había ahora para jugar que la inocencia anterior. Tomaste champán, comiste mariscos, bebiste vinos caros, comidas exóticas que ni conocías y te asombraste con los viajes que hice. Viste como cumplí todo lo que dije que iba a conseguir en mi vida. En parte lo hice para enchastrarte la cara con todos esos logros. A vos y a otros tantos.

Pero todos mis objetivos cumplidos me acorazaron. Y te lo dije. Te dije que solo te quería reventar en mi cama. Fui honesto.



Y cuando te diste cuenta de que era cierto no te lo bancaste. O mejor dicho, cuando te diste cuenta que no podías permitirte eso te borraste. Y yo lo acepté. Y me escribiste un manifiesto feministamoralistacomunistahinduista por mail. Y yo te dije que por mail no converso.

Una lástima que no llames. Me encantaría que sepas que con vos nunca pude ser yo mismo. Y no es tu culpa. Pero me pregunto a quién habrás conocido mientras estabas conmigo. Porque el que estuvo con vos, honestamente, yo no era.

viernes 12 de septiembre de 2008

Vuelo

Ella amaba. Ella quería volar. Ella amaba y quería volar con ese amor. Por tanto sentimiento que le palpitaba en el pecho. Lo sé porque le arranqué una confesión.


Y es que ella amaba en silencio. Pero mi intuición es un saber, aunque en ese entonces no lo sabía. Tenía dilemas de autoestima que no me permitían asumir ciertas virtudes. Como el don, casi femenino, de intuir. Todavía sostengo un severo debate con mi amor propio. Pero estar limitado en ese aspecto me hace bien, porque me da la sensación de que cuando alimente más mi cariño hacia mí mismo aparecerán nuevos dones ocultos. Entonces el futuro se ve menos amenazador. Menos hijo de puta. Lo intuyo. Lo sé.


Lo cierto es que vi como ella lo miraba a él. Aunque para ser más preciso tengo que decir como lo admiraba a él. Yo, que supe lo que es el amor a primera vista, pude leer su corazón y al instante me di cuenta que latía por alguien, por Pierre.


En ese año yo comencé mi escalada laboral que me llevaría al vacío de los objetivos cumplidos. Pero la plataforma de lanzamiento personal está marcada por esta historia de amor. De cómo fui testigo de la silenciosa pasión de Marcela hacia Pierre.


Yo iba a reemplazar a Marcela y Pierre era su supervisor. Ella tenía una promesa de trabajo con un político que luego terminó ganando una elección y dirigiendo ciertos destinos humanos. Eso la llevó a renunciar, pero la comprometieron a adiestrarme durante dos semanas para que tome su lugar.


Sin darse cuenta, terminó forjando en el sistema que hoy me lleva a coordinar un grupo mayor al que jamás soñé coordinar. Y por eso la quiero homenajear en estas líneas. Porque yo pude cumplir mi sueño y ella no. Yo encontré el vacío y ella también.



Porque su sueño no entraba en una cadena de producción. Ella quería un sueño que la encadene a la vida. Lo supe al verle su mirada. Al notar claramente como cambiaba cuando veía a Pierre en relación al resto del tiempo. Eran dos focos de pena que se encendían solamente ante la presencia del supervisor. Igual, Marcela pensaba que con sonreír cada vez que finalizaba una frase podía evitar que alguien sospechara que en ella habitaban la pena, el dolor o la desolación.


Pero a mí no se me escapaba que esa sonrisa no era más que un gesto. Un disimulo. Y no es que siempre pude ver esos detalles. Hubo un día en que recibí esa maldición. Fue en un pool de Caballito, cuando intentaba meter la bola negra con un tiro de tres bandas. Aquella noche estaba jugando contra un viejo al que siempre veía y del que escuchaba miles de historias. Siempre estaba borracho.


En realidad siempre estábamos borrachos los dos. Un día cambiaron los roles: fui yo quien le conté una historia.


Entonces me dijo que yo tenía ojos de escritor. Que podía escribir en mi mente mientras las cosas pasaban. “Y eso es porque vos leés la mirada. Vos son un hurgador de corazones, varón”, me sentenció.


Luego dejó el taco y se despidió para siempre. “No quiero que hurgues dentro mío. Tengo mucha mugre”, me dijo en la despedida.


Y no fue suciedad lo que vi en los ojos de Marcela. Fue desesperanza. Aunque no tuve tiempo ni valentía -¿o debo decir confianza?- para hablar de su abismo.


Aunque una tarde llegué a tender un puente. Uno de madera y sogas, pero puente al fin.


-Bueno, ¿ves? Cuando pasa esto, vos te fijás en la guía esta que te armé y aplicás este paso. ¿Me seguís?


-Sí, seguro, Marcela.


-Entonces, si se cuelga esto, ¿qué hacés?


-Lo llamo a Pierre y le digo.


-Eso.


-Pero mejor que lo llames vos, ¿no?


-Yo no voy a estar. Me voy.


-Pero igual te gustaría llamarlo, ¿no?


-(Sonrojada) No entiendo.


-Te gusta mal. No te hagas la tonta.


-¿Se nota que me gusta?


-Marcela, vos estás enamorada de él. No es que te gusta. Vos morís por él.


-…


-Tranqui. Creo que nomás yo me doy cuenta. Pero ese pibe es un pancho. No puede ser que no se dé cuenta lo que sentís por él.


-¿Vos qué sabés lo que yo siento?


-Yo sé.


-¿Quién te pensás que sos? ¡Sos un boludo!


-Pará. No te vayas. Aguantá un toque. Vos morís por él. Estás pensando todo el día en él. Decime que no es cierto y nunca más hablamos del tema.



Y ella me reconoció que era cierto, pero igual nunca más hablamos del tema. Aunque, antes de cerrar la conversación, ella me contó que había estado seis años en pareja con un flaco, que habían sacado fecha para casarse pero a último momento todo se frustró.


También me dijo que Pierre tenía una novia. Que convivían y que lo suyo era un amor imposible. Me pidió silencio porque nadie sabía absolutamente nada. Que le costaba expresar lo que sentía, me dijo.


Marcela se fue de la compañía, su trabajo con el político nunca se cumplió. Pierre se fue a vivir a otro país y la única vez que lo vi no me animé a contarle lo que sabía.


Un poco porque no tenía sentido y otro poco porque lo había prometido, pero lo cierto es que no le dije nada sobre eso a Pierre.


-Che, ¿te acordás esa chica que estuvo trabajando en el proyecto con el canal de televisión? Se suicidó.


La dos chismosas de la sección estaban parloteando en el laburo, como siempre. No era mi conversación pero igual interrumpí.



-Vos decís que Marcela se suicidó.


-Ah, sí, Marcela se llamaba.


-¿Cómo que se suicido?


-Sí, se mató, che, qué sé yo.


-No te puedo creer.


-Ah, cierto. Vos trabajaste con ella.


Fue extraño lo que sentí. Quizás impotencia por pensar que yo había podido vulnerar una de sus tantas barreras emocionales y, desde mi arrogancia, se me cruzó la idea de que podría haberla ayudado. En definitiva me preguntaba si yo podría haber actuado de alguna forma para evitar que ella decidiera dejar de jugar en la Tierra.


Busqué en Internet, en la parte de las necrológicas y sociales, y encontré el día de su muerte. También encontré un agrupado donde se anunciaba su casamiento. El nombre que figuraba junto al de ella no era Pierre.


Por último, encontré una nota en la que se relataba como fue el final de su vida. Barrio de Once, habitación de hotel, piso séptimo, balcón, vacío.


Marcela amaba y quería volar con ese amor.

lunes 8 de septiembre de 2008

Aventura















 




Ya había terminado el festival y venía lo mejor. Siempre que concluye una jornada en mi trabajo empieza otra fiesta dentro de la fiesta. Y en este caso estaba en territorio caribeño, es decir: calor, ron, mujeres con cadencia y bachata de fondo.

El gobernador del estado donde se había celebrado el evento nos había abierto las puertas de su casa. O mejor dicho, de su mansión. Al ingresar con la combi nos franquearon el portón de acceso dos soldados con unas ametralladoras de gran porte. Ver a esos dos mastodontes verdes con semejante armamento me hizo sentir feliz de ser uno de los invitados y no un intruso.

Estacionamos y tuvimos que caminar por dos extensos jardines hasta llegar una carpa que se había montado en medio de un tercer jardín. El son de la música y la necesidad de descargar tensiones tras el trabajo me puso en sintonía inmediatamente. Es decir, entré en la modalidad-mental-felicidad. Otro día les voy a contar todo el menú de imposturas que hay dentro de mí. Es como un abanico de naipes marcados con los que sé que puedo salir a jugar cada mano. Por eso apelé al más acorde para una festividad y lo acompañé con un buen tequila sunrise, por las dudas.

Solo una cosa me perturbaba. Y es que acarreaba pensamientos hacia una mujer desde Buenos Aires, algo que pensé que estaba enterrado pero que en ese viaje reapareció, en algo que con el tiempo se convirtió en una constante y que ahora pude asimilar, en gran medida porque la tierra caribeña me tenía deparada una nueva pena. Ni más ni menos intensa. Diferente.

Y conste que dije pensamientos, ya que todavía no estoy adiestrado para arrastrar sentimientos, como se van a enterar en esta historia. Sobre todo porque se termina entremezclando todo, me confundo y confundo.

A ella la había visto trabajando en el evento. Nunca les doy bola a las minas que ponen para exponer algo, un producto, un servicio o simplemente para mejorar el paisaje. No es bueno generalizar, pero no me terminan de gustar las promotoras.

Y es que es tan repetido el fenómeno clínico de la silicona que termina por hartar. Por lo menos cuando se reitera. Creo que la primera vez que vea las Pirámides de Egipto, una construcción que no me entra en la cabeza cómo se pudo llevar adelante, seguramente me voy a conmover. Pero si las veo muy seguido, seguramente el interés va a decaer. Por eso el paisaje de tetas y culos operados ya no se me hace ningún prodigio. Es como si viviera al lado de las Pirámides.

Pero hablaba de ella. No sé por qué, pero hasta me acerqué a retratarme a su lado, algo que jamás hice con una promotora. Me puse como justificativo que uno de los pibes me había hinchado hasta las bolas por el chat cuando le conté desde la laptop, en plena faena laboral, qué clase de “chichis” habitaban en el evento. Y me pidió un testimonio fotográfico. Para contentarlo, pensé en principio, me retraté con ella.

Se mostraba casi desnuda la caribeña. He visto miles como ella y juró que jamás noté una menos vestida que esta. Pero ahora, en la fiesta, mientras me sentaba en una de las mesas, noté que ella también estaba. La veía distinta, seguía mostrando su cuerpo con un escote hiperpronunciado en su blusita y un pantalón como de plástico mega apretado.

Pero algo había visto en sus ojos cuando me acerqué. Sí, soy un imbécil romántico. Sé que se van a burlar de mí. Que me enamoro de un gato, me dirán, aunque jamás estuve con una prostituta, si entendemos eso como no tener que entregar billetes antes o después de algún acto sexual.

No lo digo con orgullo. Simplemente no se dio.

Les decía que tenía algo en la mirada. Algo que estuvo cerca de conmoverme.

-¡Hey! Argentino. Que te vas a quedar ciego si sigues mirando a esa muchacha.

-Bueno, es lógico, como para no mirarla, ¿no?

-Sí, mi hermano. Nunca vi una señorita así. Tenía un bombachón ginecológico, mi pana.



Y toda la mesa que compartía con mis amigos ocasionales empezó a las carcajadas. Yo sonreía pero estaba en otra. Al toque me levanté a buscar otro trago. Para ir a la barra tenía que pasar cerca de donde estaba ella, que si alzaba la cabeza haría el cruce de miradas inevitable. Ella estaba en una mesa poblada por las damiselas con las que compartía la labor de promotora. Un solo hombre era la excepción: el fiolo.

No hubo cruce de miradas.

Mientras volvía a mi mesa empecé a tener uno de mis habituales diálogos internos. Como siempre, estos son apasionados, argumentativos, debatidos. Le pongo tanta atención que no termino de entender cómo hago para conversar con la gente que está conmigo. Es como sostener dos charlas al mismo tiempo: la interna y la externa.

Por eso me llamaban autista en el colegio secundario y superdotado mental en el bar. Creo que por eso siempre me gustó más beber que estudiar.

Pues bien, mi intención era convencerme que mi único interés en esta muchacha era aplacar cierta dosis de aburrimiento. Pero la verdad es que me sentía bien. Algo me atraía y no era solamente su lomazo. Y me sentía bien porque tenía ganas de hinchar las bolas, una forma tal vez de poder olvidarme de la pena que acarreaba desde Buenos Aires.


Primero me dijo, que es un pecado

Pensar solo en ti.

Lo necesitaba. Necesitaba un nuevo viaje a la barra, para buscar más alcohol que me desinhiba. Para encontrar ese trago que me hace ver a las personas más tolerables. Para perderme entre la música que me ayude a vibrar al son del Caribe. Para ahora sí cruzar miradas y ver como ella me guiñaba un ojo. Ese guiño que fue una invocación. Desde el celeste de sus pupilas me abría y cerraba la entrada al Paraíso.

Sí, ya sé, fue una simple guiñada de ramera para ustedes, los que nunca van a entender el poder que tiene mitificar la vida. O mejor dicho, los instantes de la vida.

No reaccioné. Apenas esbocé una sonrisa y volví a la mesa. Me tildé. Sí, sí, los mitificadores somos medio nabos en el momento menos apropiado. Cosas que pasan.

Los tragos ya hacían efecto en mi cabeza. Pero también me llevaron hacia el baño. Estaba entrando en el límite, en la coordenada cercana a la borrachera. Pero lo que terminó de embriagarme fue el perfume que encontré al salir del servicio.

-¿Qué tú estás pensando? Tengo que venir a buscarte hasta aquí para que hables conmigo.

-Hola.

Sí, era ella. La promotora.

-Hola. ¿Por qué no viniste a sentarte en mi mesa cuando te saludé?

-…

-¿Y?

-Soy tímido.

-Jajajaja. Tú sí que eres un chico gracioso.

-¿Cómo te llamás?

-Auriluz.

-Claro.

-¿Qué está claro?

-Tus ojos son una mezcla de aura y luz. Por eso tenés ese nombre.

-Guuuuau. Ji ji. Tú sí que eres un Don Juan.

-No, soy un desastre con las mujeres. Por ahí soy bueno con las palabras. No es lo mismo.

-Vamos. No te pongas tan serio. Estoy segura que en tu país…

-Argentina.

-Ja. Lo sabía. Argentino, de qué otra parte si no.

-¿Qué me estabas diciendo?

-Que seguro en tu país, Argentina, tendrás un amor esperándote.

-No, estás muy equivocada. Yo estoy esperando.

-¿Cómo es eso?

-Vení. Me cansé de hablar acá. Acompañame.

Y la tomé por el brazo. Su piel era como seda. No, como seda soleada, si es que existe. Me estaba conmoviendo. Una curiosa mezcla de deseo -por la embriaguez de su perfume, la firmeza de su cuerpo esculpido por los dioses del pecado y el erotismo de su andar- junto al encantamiento de la emoción -por su interés en mi penar, su receptividad ante mis palabras y la forma en que aceptó mi mano-.

Fue entonces que le conté mi historia de desencuentro.

-No me digas más nada. Argentino, tú tienes mucho amor dentro. No lo enfoques en una sola mujer. Siembra en muchos corazones.


Segundo, que no puedo ni debo

Aunque quiero, dar la vida por ti.

No me dejó reaccionar ante sus palabras. No daba crédito a lo que estaba aconteciendo. ¿De dónde había salido este hembrón que además decía semejantes frases? ¿En qué mundo vivirá? ¿Cómo habrá aprendido a conjugar esos términos tan puros? No podía imaginarla más que tirada en una cama de hotel contando dinero. O gimiendo montada por un jeque árabe que la insultaba en su idioma natal. Quizás meneándose en una discoteca mientras analizaba el tamaño de la billetera de los hombres que le canibalizaban el cuerpo con la mirada.

La edad me volvió prejuicioso, lo admito. Pero por suerte la realidad se impone sobre esos preconceptos. Y esta situación era una nueva demostración.

Mientras mi pensamiento barruntaba sobre esas cuestiones, Auriluz me dijo que quería bailar.


-No podemos perdernos esta canción, argentino.

-¿Por?

-¿Cómo? Es Aventura.

No tenía la menor idea a qué se refería. Pero sentía la percusión en mis caderas. Era el ritmo de la bachata. El son del Caribe hablándome. Obligándome a levantarme y tomar el centro de la pista.

-No, así no. Ji ji. Va el ritmo pero no... Yo te enseño.

-Soy de madera. Disculpame.

-...

-Que soy malo bailando. No sé.

-No seas tan negativo. Tú estás mal por esa muchacha, que te está quitando la vida. Nadie se merece que le des algo tan valioso. Yo te voy a enseñar.

Y me comenzó a enseñar. Pero mientras me educaba en el baile, también me aleccionaba sobre cuestiones del corazón. Era cierto aquello del aura y la luz.

Y aprendía a bailar. La historia es así: hay que tomar a tu pareja de las manos y luego ambos se mueven juntos. Es como el boxeo, se mueve primero el pie más cercano a la dirección a la que se quiere ir, la única diferencia es que en el baile se los junta. Son dos pasos hacia un lado y luego dos hacia el otro. Cuando se va hacia un lado se pasa el brazo por detrás del cuello del compañero, luego se repite lo mismo con el otro cuando se va hacia la otra dirección pero aquí, al llegar al segundo paso, la pareja tiene que dar una vuelta. Es como acariciarse las nucas todo el tiempo. Muy sensual, claro.

También se puede bailar tomando al compañero con una de las manos por la espalda y dar círculos. Lo importante es seguir el compás.

Todo esto lo sé porque aprendí con la mujer con más cadencia del mundo.

-¡Hay! Este tema es hermoso. Muy romántico. Eres un alumno muy aplicado. Ya eres todo un bachatero.

-Vos sos una maestra, Auriluz. Tenés el poder de sacar en mí cosas que no existían. Me estás inventando.

Sos una creadora. Una inventora. Eso. Sos la inventora de mi alegría. La destructora de penas. La llama que quema mis lagunas de espantos.

Ya estaba jugado. No me importaba nada y había empezado a lanzar todo tipo de artilugio verbal.


Pero atención, no me estaba chamuyando a nadie. Simplemente estaba siguiendo la rutina de ponerle palabras a lo que Auriluz ya había decidido. Además, odio que me digan chamuyero. Yo no chamuyo. Yo soy versero. Los versos me gustan.

Tercero, que mi destino en el amor

Corre peligro, me advierte de ti.

-¡Hay, Papi! Que ahora voy entendiendo todo. ¿Qué tú estás pensando? Tú no puedes ir por el mundo diciendo esas cosas.

-¿Por qué me decís eso? Te miro a los ojos y me fluyen las palabras. Te digo lo que siento.

-No, mi amorcito. Tú no puedes hablarle así a una mujer.

-¿Pero por qué? ¿No te gusta lo que siento?

-¿Qué si me gusta? Casi me quemas por dentro. Nunca voy a olvidarlo.

-¿Entonces? Porque si yo te …

No pude seguir. Ella posó su dedo índice sobre mis labios.

-Tú haces poner muy peligrosas a las mujeres.

-¿Vos estás peligrosa ahora? – Dije al recuperar mis labios.

Y no sé si fue porque ahora Aventura cantaba que “un beso significa amistad, sexo y amor” o porque hay una noche en la vida de todo hombre que un sueño perfecto, es decir instantáneo, efímero y pasajero, se puede concretar. Lo cierto es que la besé. Y lo mejor de todo fue que ella recibió mi beso.

Y fue como si fuera mi confidente de toda la vida. O quizás mi impostura la inventó así.

Y ese beso fue como yo quise que fuera: comprensivo, tierno y analgésico.

-Muy buena respuesta –Le dije.

-Sí, bien sabrosa.

-Sabrosísima.

-Espera.

Yo quería ver si podía seguir recibiendo analgésicos labiales pero me frenó.

-No te olvides de lo que te dije. – Me insistió.

-¿De qué?

-Que no puedes ir hablándole a las mujeres así.

-No te hagas problema, Auriluz. Con vos se me acabaron las palabras.

-¡Ya!

-¿Qué?

-¡Qué no hables más así! De veras te lo digo. Vas a sufrir mucho.

-Bueno, bueno. Me porto bien. Como no obedecer al oasis femenino donde uno puede…

-¡Ya! – Me gritó mientras me pegaba una palmada en el brazo.

Fue entonces que me di cuenta que desde la mesa, mis amigos no paraban de gesticular, incluso algunos aplaudían. El comportamiento infantil de mis ocasionales camaradas amagaba a avergonzarme. Ella se dio vuelta siguiendo mi mirada y los vio.

-Nos vamos de acá. – Le dije.

Y cuarto, que un esclavo en el amor,

Le pizotean el corazon

Por suerte el hotel no estaba muy lejos. Y es que por momentos temí morir asfixiado por los besos de la caribeña. El taxi no me ofrecía una vía de escape por caso me quisiera arrepentir de lo que estaba por hacer. Incluso tuve que tolerar que se subiera encima de mí y se contorneara. Honestamente pensé que iba a morir en el lecho de una habitación pérdida. Para muchos la muerte soñada, garchados por una loba hambrienta, pero yo sentía que tenía aún más cosas por hacer en este mundo y que no estaba dispuesto a desencarnar en el fragor de un polvo.

La hembra descalabrada solo puso pausa cuando pasé por la conserjería, luego, en el ascensor y el pasillo, siguió arremolinando mis cabellos, lamiéndome los labios y revolviendo en mi pantalón.

Yo no me sentía bien. Por lo menos no del todo bien.

Sentía que ella había entrado en un trance extraño, como de piloto automático. Se había transformado en un espejo vacío. No podía terminar de reflejarme en ella. Y no sé por qué carajo yo pretendía semejante tributo.Quizás porque estaba lejos de mi país pero muy cerca de mi mismo. O de mis penas, que en ese momento eran lo mismo.

Reflexionaba sobre eso ya dentro de la habitación mientras recibía un despliegue de sexualidad animal sobre mí.

-Pará, Auriluz, pará.

-Te voy a comer, Papacito. Te lo voy a hacer bien sabroso.

Y ella ya estaba desabrochando mi bragueta.

-Pará.

-…

-¿Qué te pasa? No eras así en la fiesta.

-Ya. Deja. Que te voy a hacer gozar.

-No, pará. Estás rara. Aflojá un toque.

Y me la quité de encima. Ella me miraba y hasta pensé que iba a llorar.

-¿Por qué estás así? Cambiaste.

-¿Así cómo, mi amor?

-Así tan… tan… Pufff… Así.

No le quería decir puta. Entonces recordé una frase que me había dicho un viejo borrachín del bar de la estación de trenes que está enfrente de Barrancas de Belgrano.

Había escuchado esas palabras hacía unos 15 años, pero nunca las había podido poner en práctica. Por lo menos no de forma conciente.

Es más, no habían aparecido por mi mente hasta ese instante, que estaba muy lejos -en tiempo y distancia- de la vez que las escuché.

El refrán rezaba: “Tratá a la dama como puta y a la puta como dama”.

-Auriluz, yo soy especial y vos sos especial. Los dos somos especiales. Somos únicos, como este instante. Y sabemos que este momento va a ser único. Entonces quiero que lo vivamos así.

-Tú y tus palabras…

-No, pará. No te hablo más. Mirame a los ojos.

Me acerqué y me puse enfrente de ella

Y surgió el milagro. Apareció ese puente de miradas. Un puente lo suficientemente elevado como para estar bien lejos de todo lo que no tiene nada que ver con los albañiles de ese lazo. Esos constructores que lo ponen en las alturas donde no habitan el dolor, la soledad o, en definitiva, la desesperanza.

Me acarició la cara y de nuevo apareció la seda soleada de su piel.

Cuando la iba a besar me frenó. Fue a buscar su cartera y sacó un reproductor de MP3.

“Enchúfalo en tu computador”, me ordenó. “Quiero que suene Aventura”.

Fui, conecté el aparato, me bajé los temas y comenzaron a sonar.

-Ahora sí, mi amor.

-Auriluz, yo… yo… yo siento que…

Pero no terminé la frase. Era el momento de otro diálogo. Una conversación donde no tenía la protección de mis palabras salvadoras y por lo tanto estaba más expuesto y vulnerable. Un terreno donde las usó pero que siempre me hacen tropezar en arrepentimientos matinales. Porque no son el código más apropiado.

Solo que esta vez el engatusamiento de la palabra lo sufrió el escritor. “Nunca me sentí así”, me dijo cuando terminó la refriega.

-¿Qué?

-Te dije del peligro. Tus palabras te van a meter en problemas. Yo quería que esto fuera de otra manera, no te tuviera que haber dejado que frenaras al principio. Ahora ya es tarde.

-¿De qué hablás, Auriluz?

-Ya no recordaba lo que era ser tratada así.

-¿Tratada cómo?

-Con tu dulzura. No pude creer que quisieras frenar. Tú lo hiciste porque lo sentías, ¿verdad? ¿O me engañaste?

-Sí, supongo. No sé.

-¿Es decir que me engañaste?

-¿Para qué lo haría?

-Eres todo un amor.

Y nos fundimos otra vez. Luego me quedé dormido.

La luz que se colaba por las hendijas de las persianas me despertó al otro día. Estaba solo en la cama y en ningún momento se me ocurrió pensar que ella no se hubiera ido.

Estaba tan seguro que me quedé tirado en la cama por lo menos una hora, lo suficiente como para marcar una pausa entre la bendición de la noche y la herida del día.

Me senté en el escritorio y abrí la laptop. Había una nota suya. Eso, y los MP3 de Aventura, son lo único que tengo de ella.

miércoles 27 de agosto de 2008

Jamaica




Voy a recordar al olvido: a la única noche que nunca sabré si existió o no. No es sencillo, es un compartimiento estanco en mi vida, un momento en el que estuve nocaut. Claro, eso es. Cuando los boxeadores -a los que conozco bien- caen noqueados, luego cuentan su derrota como si realmente hubieran estado concientes. Creo que es una forma de disimular la caída. Los oí miles de veces contarme esa circunstancia. Pero no fue hasta que me puse a pensar en mi propio fuera de combate que lo entendí.


Fue en un día invernal de 1994. La tarde ya había sido movida (para quienes quieran encadenar el relato, pueden ir a “Amistades” -de paso me hago autobombo bloguero-). Con esa prepotencia que nos da la adolescencia había decidido que podía caminar por cornisas con los ojos vendados, atravesar infiernos, beber cicutas y cualquier cosa con tal de apurarme en dejar atrás mis putos 17 años.

Por eso LR (va otro chivazo: para saber más de LR, leer “Primero”) era la compañía ideal. Era mucho más que un amigo. Era un desafío. Era el aventurero rebalsado en merca y tapado de stereos robados que yo no me animaba a ser. Hoy él ve las flores crecer desde abajo, como cantábamos juntos al compás de Los Redondos, su banda favorita, como no podía ser de otra forma.



Lo cierto es que con LR nos habían corrido a tiros la Policía en pleno Pilar. Yo todavía no podía reponerme del todo. Para él el único problema era que esa noche no íbamos a poder ir de joda a esa localidad, donde él era, justamente, local.

“Igual yo copo en todas partes. Acá no hay lugar donde no arme fiesta”, me decía mientras me intentaba consolar, a la vez que me acusaba de homosexual por estar atormentado luego de que la ley jugara al tiro al blanco conmigo.

“Tomá, fumate esto que se te pasa todo… Y andá bañándote que esta noche vas a conocer a la mujer de tu vida”, me ordenó.

Estábamos en su casa. La que era quinta de fin de semana cuando éramos dos borregos de seis años y nos conocimos. El vivía en la ciudad en esa época, a dos cuadras de mi casa. Los muñequitos de la Guerra de la Galaxia fueron una buena excusa para juntarnos una tarde a jugar, sellando una amistad que la distancia y el tiempo intentó quebrar pero solamente la muerte -esa sí que siempre gana por nocaut- logró llevar adelante ese cometido.

Nunca voy a saber qué carajo me dio, pero jamás supe decirle que no a LR. Así somos los hombres; una gran parte de nuestra amistad está basada en desafíos: “¿A que no hacés fondo blanco?”, “¿A que no te encarás esa mina?”, “¿A que no te zarpás los chocolatines de es kiosco?” y otros miles “¿a que no?” forman parte de la banda de sonido de mi adolescencia. Y creo que de la mayoría de los hombres.

Si esperaban que yo responda “no, yo hago lo que me parece, no necesito demostrar mi personalidad con vuestras proposiciones en las que ponen en juego si seré o no aceptado. Pero en realidad, qué interés puedo tener en ser aceptado en un grupejo de pelafustanes como vosotros” les sugiero que no pierdan más el tiempo y vayan a leer a otro lado.

Porque la respuesta ni siquiera era un “sí”, siempre repliqué con acciones con tal de demostrar que tenía unos huevos gigantescos y me llevaba el mundo por delante. Aunque lo que sí les puedo conceder es que mis supuestos huevos eran tan enormes como mi miedo, mi terror. Pero ese espanto no era por un posible castigo o que algo saliera mal. Mi temor era a que con eso no bastara para poner las cosas en su lugar. Para demostrar que yo “copaba todas las paradas”, como hacía LR. Y, claro, nunca alcanzaba. Siempre había una nueva barrera para mostrar de qué madera uno estaba hecho.

Entonces, como ya habrán intuido, me fumé ese carajo que me pasó LR. Tenía gusto a hierba pero no era marihuana. No tengo ni puta idea que fumé. Sí me acuerdo las instrucciones sobre cómo curtirlo: tres pitadas con sus respectivas exhaladas rápidas y la cuarta había que contenerla.

“Vamooooooooooooos, vamoooooooooooooos chimeneeeeeeeeea / que estaaaaaaaaanooooooooooooooooche / vamo’ a descontrolaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”, entonaba LR mientras yo hacía honor a ese cántico, que se mezclaba con el Indio Solari y su “fueeeeeeeeego / fuego / ¡mentiras!”, que venían desde el grabador.

-Je, Chimenea. Esta noche vas a entender todo. Escuchalo al Indio. Mentiras, mentiras, mentiras. Vas a ver todas las mentiras desde tu fuego, Chimenea. Dale, quemá tu vida.

-LR me tenés podrido con tus interpretaciones de los Redondos…

Me detuve. El hijo de puta tenía razón. Estaba entendiendo las letras indescifrables de Patricio Rey. Ahí estaba mi amigazo con su cara satánica, la ceja levantada, la risa de Guasón y asintiendo con la cabeza, como leyendo en mi bocho lo que yo pensaba.

-Chimenea, te está cayendo la ficha, ¿eh? Santito, hoy vas a sacar tu demonio de adentro. Mue je je je je.

-Pará, pelotudo. Dejame de hinchar las pelotas. Te hacés el místico y no sos más que un drogón de mierda.

-Eh, pará, man. Vos nos sos mejor que yo. ¿Por qué carajo estás acá? Grabate bien lo que te digo: vos sos el más hijo de puta del mundo. En 20 años yo no sé dónde voy a estar, pero vos te vas a garchar a todo este planeta. Sos un ángel caído, man. Sos poderoso. Date cuenta, nabo.

-Uh, chabón, qué denso te ponés. Me voy a bañar.

A los tumbos me fui hasta el baño de la casa. La verdad es que me sentía en Bagdad, Calamuchita o Lucitania. Y lo más curioso es que no sabía si Lucitania existía –me enteré mucho tiempo después que sí-, pero mi cabeza decía “uh, man, estoy en Lucitania”. Creo que con eso explico bastante bien la merengada que tenía en el cráneo, ¿no?

Ahí fue cuando empezaron las interrupciones espaciales. La siguiente escena es en el auto del viejo de LR, que nos acercaba a la ruta para tomarnos el Chevalier. Es decir, me bañé, llegaron los viejos de mi amigo y me subí al auto pero no tengo la menor idea de cómo lo hice. Simplemente es un salto.



Ese traslado a la ruta de Parada Robles fue un bajón. Porque el padre de LR no paraba de hacerme preguntas y yo no sabía ni cómo me llamaba. Momento, no es joda, en serio, tengo tres nombres y no me acordaba ninguno. Pensaba esas cosas mientras me hablaba, preguntaba, comentaba y afirmaba. No tengo ni la más puta idea de qué dijo. Y gracias a Dios era como la mayoría de las personas: hablaba solo y le importaba un carajo lo que tenía yo para decirle. O por ahí se daba cuenta de que estaba en otro sistema interplanetario y el viejo la careteaba. Nunca lo sabré. Tampoco se lo puedo preguntar: también murió.

“Che, no le dije a mi viejo a donde vamos porque se va a dar cuenta que estoy marcado. Vamos a ir a Torres y nos vamos a cagar bien de risa. ¿Eh, man? ¡Hey! ¡Chimenea! Dale, boludo, despertate. No me hagas quedar mal con mi gente, ¿eh?”, algo así creo haber escuchado mientras llegaba el Chevalier y nos subíamos, luego de que el Falcon que nos había transpotado hasta la ruta pegaba la vuelta.

LR me dio una gran mano porque como se había afanado unos seis stereos -que había hecho efectivo casi al instante en la YPF que estaba en la ruta y que contaba con un playero que sabía como transformar aparatos de audio en pesos- el fin de semana anterior estaba en la onda “yo pago todo”, una costumbre que tienen tanto los empresarios como los delincuentes. Curiosidad que si tuviera ganas de hacerme el profundo podría explicar, pero no se me cantan las bolas.

Pero decía que me había dado una gran mano porque yo no podía ni sacar el boleto. Estaba devastado.

Subimos al bondi y ahí sucede el nuevo salto temporal. Lo siguiente es en una calle perdida en un pueblito -Torres-. Entramos a un bar minúsculo donde había como cinco viejos con boinas en una barra viendo la TV.

Empezamos a tomarnos una cerveza del pico y ¡al fin! Apareció el buen mambo de la cagada que me dio para fumar LR. Me empecé a sentir en control -¿No era que la onda de ponerse es descontrolarse?- y todo estaba de Diego Armando. Le pasé el brazo por arriba del hombro a LR y lo miré.

-Así que soy un ángel caído, ¿eh? Mirá, vos podés decir todas las cagadas que quieras, pero ves a estos jovatos acá. Papito, miralos bien. Alguna vez ellos fueron aventureros, intrépidos, hicieron jugarretas, se hicieron mamar el choto por bataclanas. ¿Te suena? A mí sí. Dicen que nadie puede ver el futuro. Yo lo estoy viendo y lo único que no me gusta es la boina.

Y estallé en una carcajada que hizo que los emboinados nos miraran con una cara de orto histórica.

-Sos un poeta, Chimenea. Man, cómo me gustaría tener tu inteligencia. Vos sos brillante, hijo de puta. Lástima que seas tan maricón.

-¿Qué onda?

-Sí, loco. Vos tenés que salir a contar la vida. La vida que no cuenta nadie. Como cuando me fui con el camionero ese a San Juan. Man, volvamos a ser amigos como antes, como cuando éramos pibes. Quiero que vivamos cosas juntos para que las cuentes. Vos me vas a ayudar a rescatarme. Volvamos a ser amigos.

-Somos amigos, man. Está todo bien.

-No, man. No está todo bien. Casi me muero hace poco. Me tengo que rescatar.

Entonces me contó con lujo de detalles cómo es una sobredosis de cocaína. Me causaría mucho dolor relatarlo, por eso solamente les voy a dar algunas pistas: bandeja de plata, taquicardia, vomito verde, inconciencia, madre escandalizada, promesas que nunca se cumplen.

-…

-Pero esta noche no me importa nada. Estás vos que sos un ángel, caído, pero ángel al fin. Y todo va a estar bien. Vamonos al carajo de acá.

El momento en que pagó las birras coincide con mi nuevo salto temporal.



En la siguiente escena hay una sirena. Es azul y roja y me están palpando contra una pared. Yo miraba los ladrillos como si quisiera encontrar un hormiguero, una respuesta o un agujero negro.

“Limpio”, dijo el palpador. Y entonces me agarró un espanto absoluto porque caí en la cuenta de lo que estaba pasando. Nos habían parado los ratis y estaban buscando algo entre nuestras pertenencias. Y el pavor me nació al ver que a LR todavía no le habían cantado el “limpio”.

Para ser sincero, no tenía mucha esperanza de escuchar la palabra mágica. Seguro que su vestimenta rebalsaba en drogas. Sin embargo, el milagro ocurrió.

Se alejaron las licuadoras azules y rojas y LR se empezó a mear de la risa.

-No existen. No existen.

-Boludo, pensé que nos llevaban.

-No, Chimeneita. No si está Houdini con vos, Papito.

El hijo de puta había descartado un faso al lado de una planta, colocado otro en un hueco en la misma pared de ladrillos que tanto me flasheó y el tercero lo escondió en su mano.

Enseguida recuperó todo el botín mientras cantaba “mucha tropa rieeeeeendo en las calleeeeeees / con sus muecas rooootas cromadas / y por las carreeeeeeteras vallaaaaadas / escuchás, caer tus laaaaaaaaagriiiiiiimas”.

-Bueno, amiguito. Ya es hora de que conozcas Jamaica - Me dijo.

-Ya la conozco, boludo.

-Ja ja ja. Pero como te hacés el pícaro, ¿eh? Perdón, Señor Drogas, te quería decir que vamos a Jamaica, el único, y por lo tanto mejor, antro que hay aquí. Vas a ser feliz.

Caminamos algunas cuadras, hicimos una parada técnica para reducir el botín de tres a dos unidades y, luego sí, entramos a Jamaica, un bar que tenía pretensiones de un poco más que eso. Le dirían pub. Lo cierto es que era un antro, tal cual me había anunciado LR.

No era muy grande el recinto, pero sí lo suficiente como para tener distintos sectores bien diferenciados. Hacia delante algunas mesas, en uno de los costados una barra y en el fondo un lugar donde algunos seres bailaban, si es que era baile ese movimiento fantasmagórico que ejercitaban. Claro, estaba todo el mundo colocado y yo, gracias a Dios, no era la excepción. Siempre tuve miedo de no poder encajar.

Mientras rodábamos por el local, LR se detenía a saludar a todo el mundo, era, lo que se dice, un muchacho popular. A cada persona, especialmente las muchachas, le tiraba un comentario que siempre era retribuido con una sonrisa y gesto de aprobación. Yo no podía acompañarlo en zaga, por lo que les contaba de Lucitania y demás. Seguía extraviado.



Sin darme cuenta cómo, nos sentamos en una mesa que estaba demasiado habitada para mi gusto. Eran como 14 o 15 personas, seguro más de diez, y como era el extraño todos me hacían preguntas. De nuevo me sentía como en el coche con el padre de LR. Ni sabía lo que decía, pero sé que en un momento me puse a hablar de “El Puma” Rodríguez. No sé cómo terminé en eso, pero creo que era porque estaban pasando un tema de “Los Rodríguez” e hice una asociación insólita.

-Yo soy un gran imitador del “Puma”.

-…

Esa frase precedió a una escena que el día de hoy me trae una nostalgia eterna. Me subí a la mesa, me remangué el buzo y me puse a cantar “Sin Documentos” imitando al “Puma”.

No sé si por el efecto de la garcha que me dio para fumar LR o porque realmente era un tipo con onda, pero me sentí hermosamente bien haciéndolo. Eran épocas en las que me sentía un tipo extremadamente tímido -con el tiempo me di cuenta que no lo era tanto- y poder soltarme a hacer lo que realmente sentía ganas de hacer fue algo muy cercano a la plenitud.

Me consideró un buen imitador aficionado, algunos dicen que es porque soy observador, pero yo creo que es porque me divierte. Lo cierto es que todo el mundo estaba viendo al chabón que estaba arriba de la mesa y ese ser era yo. Insólito. Hasta hubo algunas palmas para el José Luis Rodríguez de Torres.

Me volví a sentar y hubo miles de preguntas de la muchachada que estaba en la mesa. Yo no sabía si eran amigos de LR o quienes carajos eran. No retuve ni un nombre en las presentaciones. No entendía nada de nada. Entre las deformaciones que pasaban por mi desvariada vista, en la que se mezclaba la música, juegos de luces berretas y humo, mucho humo, detrás de todo eso estaba la mirada de Satán, los ojos de LR, siempre con su ceja alzada y su sonrisa de Guasón. Un rostro que era la invitación a la perdición.

-Chimeneita, te pasaste, ¿eh?

La voz de mi amigo marca un nuevo despertar entre lapsos donde no hubo tiempo ni distancia. Estábamos en el mugriento baño de Jamaica, que era puro humo y le hacía honor a su nombre.

-Man, no entiendo nada de lo que me decís.

-Chabón, vos sos un hijo de puta marca cañón. ¿Vos sabés lo que estamos fumando?

-…

-Sos un ser poderoso. Te bancás todo, papá. Por algo sos mi amigo de la infancia.

-Dejate de hinchar las bolas.

Jamás me hubiera atrevido a confesarle que sentía que el tiempo estaba jugando a las escondidas conmigo. Que no sabía si estaba en el pasado de lo anterior o en el futuro de lo siguiente. Intentaba no pensar eso para no atropellarme con el pánico y verdaderamente empezar a coquetear con la locura.

-Bueno, viene todo bien. Pero te estás quedando: XX te está comiendo con la mirada y yo no quiero que piense que tengo un amigo puto, ¿ok?



Las XX son por el nombre que jamás sabré, aunque mi entendimiento me hace saber que era el de una dama. Y como esto es ficción, vamos a inventar y acomodar las XX al nombre que me hubiera gustado que tenga, de paso me cagó un poco en la realidad como ella se cagó en mí en aquella noche de invierno de 1994.

-Bueno, viene todo bien. Pero te estás quedando: Mercedes te está comiendo con la mirada y yo no quiero que piense que tengo un amigo puto, ¿ok?

-No, quedate tranqui.

Fue la respuesta más boluda que di en mi vida. No tenía idea a quién se refería ni qué estaba pasando, pero claro, un hombre hecho y derecho, como era yo con mis 17 años, jamás mostraría incertidumbre o desconocimiento. Menos aun si había una pollera de por medio.

Volvimos a la mesa, no sin antes liquidar una nueva parte del botín, cuestión de que no haya ninguna posibilidad de que mi mente orbitara en las cercanías del cerebro.

-Puma, sentate acá. – Me dijo una morochaza con ojos de precipicio.

-…

-Sí, “Puma” Rodríguez, sentate acá, te quiero tener cerca.

Fue como si LR me llamara en ese instante desde la otra punta de la mesa. Porque busqué su mirada, la encontré, y en mi cabeza sonó “Las minitas aman los payasos y la pasta de campeón”, y les juro por Dios que él lo dijo. Por todos los infiernos que el hijo de mil puta me lo dijo, aunque sus labios de Guasón no se hayan movido.

Es ahí cuando nuevamente el tiempo me tiró al carajo y aparecí al lado de la ruta esperando el Chevalier. Un nuevo salto de la conciencia en la noche.

No podía más. Me acordé que al otro día era el cumpleaños de mi vieja y que yo le había dicho que me importaba un carajo, que me iba a ir a pasar las vacaciones de invierno con mi amigo del alma, del que no sabía un corno hace como dos años pero que había reaparecido. Cualquier cosa con tal de escaparme de mi casa por un par de semanas. Como siempre.

Me puse a llorar. La angustia que tenía era tremenda. Sentía culpa pero ni puta idea por qué.

-Eh, boludo, ¿qué te pasa?

-Nada, nada.

-Je. Tus penas como piedras, caen ruedan y escapan.

-La puta madre que te parió. ¿Podés dejarte de joder con Los Redondos la concha de tu madre?

-¿Qué decís, boludazo?

-Digo que me tenés las pelotas por el piso con toda esta mierda.

-Pará, pará un toque. Sos vos el que ….

-Soy yo mis huevos, forro. No soy como vos, pelotudo. No me cabe toda esta mierda. Me cagaron a tiros, ni sé qué mierda tengo en la cabeza y me siento como el culo. ¿Qué mierda me diste de fumar?

-Nada, nada. Loco, calmate.

-Me calmo un carajo. Me viniste a buscar para que te rescate de la merca y yo me estoy haciendo mierda. Estoy hecho un pelotudo. Esto es cualquiera. Yo no soy así, LR, no soy así, loco. Soy un cagón. No tengo huevos para vivir así. Y me chupa la pija que sea así, no me banco más esta onda. No es la mía.

-¿Por qué no te vas a cagar, pelotudo? ¿Te hacés el santo ahora? ¿Quién carajo se sube a las mesas? ¿Eh? Sos un descontrolado, boludo. Toda la gente te tenía miedo en Jamaica. Sos un sacado. ¿Y yo qué te dije, eh? ¿Te dije algo? No, porque yo soy tu amigo y te acepto.

-No seas boludo que me cagaron a tiros por tu culpa. Man, vos te tenés que internar porque hacés cualquiera todo el tiempo.

-Ok, yo soy un loco de mierda. ¿Y por casa cómo andamos?

-Man, estás cada vez más loco. ¿De qué mierda hablás?

-No seas boludo. Vos sabés.

-¿De qué hablás? Yo no soy como vos.

-Dejate de joder. Preguntale a Mercedes si no sos así.

-¿De qué hablás, forro?

-Dejate de hacer el pelotudo, por favor. No te vengas a agrandar ahora porque estaba regalada. Tenías la pelota picando en el área y la empujaste. Esa mina es más fácil que la tabla del uno.

-No sé de qué hablás. ¿Qué pasó?

-Sos un boludo.

-…

-…

-…

-No jodas.

-…

-Chabón, vos… no seas pelotudo.

-…

-¿No te acordás?

-No, LR. No sé

-Ja ja ja ja ja ja. No me jodas. Ja ja ja.

-…

-Mirá que esta piba es re puta, ¿eh? Pero la que vos le hiciste le partió la cabeza.

-…

-Que feo que no te acuerdes nada.

-Lo voy a recordar a través de tus palabras.

Fue entonces que me narró cómo “me llevé” a Mercedes a la vuelta de Jamaica, a un baldío donde la hice mía. Así, sin muchos más prolegómenos, con el jean a medio bajar, en escasos minutos y sin ninguno de mis sentidos alerta.

Con el mismo vacío con que se recuerda el olvido.